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Los silencios en el Quijote

Una vez más, y en este febrero de 2026, de la mano de doña María José Cabrera, don José María Jiménez y don Francisco José Romanco, nos adentramos en la profusa y exuberante cosecha líquida, que nos legó don Miguel de Cervantes Saavedra en su fertilísimo Don Quijote de la Mancha. Imaginemos ya su disonancia, según muchos de entonces que, sublevados ante aquellos imponentes desafíos, le declaraban poco menos que hombre nefasto, porque perdió a la postre, los tronos y los estribos del teatro.

Laxo error, porque luego dejará los cimientos de la torre y nuestros «Encuentros», para mejor pensar aquella selva y ver que en esta, nos restan muchos Sanchos con sus innobles silencios, sus pausas y sus puntos suspensivos.

Con elogiosa palabra abre la sesión el profesor Romanco y nos acerca a este coloquio que lleva al riguroso proceso de la envolvente lingüística que Cervantes nos deja con su mirada al mundo que le trae y le lleva, muchas veces suspendido por las intrigas que más tarde plasmará en su obra, universal para todos los tiempos. Allí nos alumbra con su análisis cervantino, como introducción, llevándonos al punto imaginativo que Miguel de Cervantes le da a la palabra y a su pensamiento, implicando en ello un sentido doloroso e irónico, que hace referir las ideas filosóficas de Sócrates y Platón, como bastón de apoyo, que suscitan el diálogo entre don Quijote y Sancho Panza, para revestirnos en los valores de la confianza que entrañan las pausas y los silencios que emanan de la profusión propia en la obra cervantina.

Nada hay tan elocuente como el silencio para el lenguaje que es reflejo del alma y la consciencia. El silencio permite la palabra, la palabra hablada, la “psiqué semantiqué”, el sonido con significado, el sonido que viene de nuestro interior y aparece entre los labios atravesando la muralla de nuestra dentadura, el sonido de nuestro yo, que no es sino la expresión de nuestra alma, de nuestro curso solidificado en el discurso, un discurso que para ser bien entendido por “el otro” que nos escucha, necesita el silencio, esa capacidad necesaria, ese puente que nos lleva al dialogo, a través del logos, la palabra, y nos permite atravesar el río que nos lleva entre la humanidad que somos. El silencio de las palabras habladas  tiene su correlato en el silencio de las palabras escritas. Hoy nos permite dividir las frases, que al parecer iban en un continuo, como nos planteaba Hans Magnus Enzensberge en su hermoso texto sobre «El elogio del analfabeto».

El silencio de la escritura es una fuente de comunicación que permitió la intimidad de la lectura y la escritura, y que alejó al ser humano de la necesidad de leer y escribir de viva voz lo escrito, situación que se vivía de forma necesaria hasta muy cerca de  nuestra historia reciente.

El silencio es parte imprescindible del lenguaje escrito y la escritura es una forma de ser a la que se ha llegado, como dice Emilio Lledó. «Somos lo que hemos ido siendo».

Para hablarnos del silencio, en este caso de Cervantes en el Quijote, hoy contamos nuevamente en nuestros encuentros cervantistas con María José Cabrera, que ejerció como matrona hasta su jubilación, igual que la madre de Sócrates, el tébano de Atenas que ejercía la mayéutica y es un referente ético primigenio,  que ayudaba a parir la verdad en sus diálogos con los jóvenes en la Grecia clásica, según nos contó su discípulo Platón, el de anchas espaldas, llegando a ser condenado por no defenderse de una falsa acusación, para escarnio y escándalo de la sociedad y el poder de quienes lo condenaron.

María José Cabrera fue vocal de cultura de la Casa de Castilla La Mancha de Sevilla durante más de 20 años y fue compañera de Abraham Haim, judío sefardí, que conoció en Sevilla y con quien viajó y con quien descubrió, como comentamos en otro Encuentro, a D. Leandro Rodríguez, profesor en Lausana, natural de Zamora con  sus tesis sobre el posible lugar de nacimiento de Cervantes, sobre quien investiga nuestro compañero José Contreras.

María José pertenece al cabildo de Alfonso X el Sabio y a la Asociación Tres Culturas del Mediterráneo y participó en el Congreso Internacional del Islam en el año 2000 y hoy  nos hablará sobre el silencio en Cervantes con la ayuda de nuestro también socio de esta asociación cervantista, D. José María Jiménez Herrera Parece que Sócrates dijo: «Habla para que te conozca».

Francisco José Romanco

Después, rigurosa y extensa, con dominio y conocimiento del rebuscado literal, aunque a sí misma ella se lo niegue, doña María José Cabrera, nos adentra y nos hace fijar los sentidos en los silencios que aguardan en El Quijote. No podemos pasar por alto, haciendo honor a la verdad, que su análisis fue elaborado en conjunto con su buen amigo y escritor ciudadrealeño, don José Antonio Bellón, especializado en temas cervantinos.

En «el Quijote» encontramos los silencios, herramientas narrativas que usan los personajes y Cervantes para expresar diversas emociones e ideas, como la perplejidad, el desconcierto, la resignación o la sorpresa. A menudo, el silencio de un personaje es más elocuente que sus palabras, revelando verdades que no se pueden articular o la incapacidad de afrontar la realidad.

María José Cabrera/ José Antonio Bellón

Primero nos habla de cómo llegó a la profunda lectura del Quijote, quizás como máxima e introducción de nuestro «Encuentro Cervantino» y nos despeja la idea sobre cuántas formas pueden existir a la hora de leer una obra literaria. Inexcusablemente, pueden ser muchas y esta que nos trae doña María José es una de ellas. De seguido, nos hace ver la existencia de los silencios en su obra cumbre. Esto es, lo que se puede contar, pero que no se cuenta, que viene a decir que las obras están hechas de palabras y también de silencios. El silencio del escudero representa prudencia, un estado de reposo y respeto. Saber estar con estilo de hidalguía, pero con una hidalguía interior (como la que por bien o por mal nos insinuara la filosofía de Nietzsche), que hace ser grande al pequeño, quien sabe guardar silencio en el justo y preciso momento del culmen del diálogo. Y hace que uno se pregunte ¿Cómo pudo llegar a este estado y que llevó Cervantes a plasmar en ese libro que aún está sin leer? ¿Será por lo que nos atropellamos los unos a los otros, y no sólo en el diálogo? ¿Será esta aún la asignatura pendiente y en olvido? ¿Y esta, la razón que nos lleva al profundo sentir de los sentires, y a no llegar, ni siquiera a las éticas que enseña don Quijote? Silencios, silencios, silencios, impotencias, estrategias, que pueden ser teatrales, de caballerías o tal vez con ellos, nos enfrente a la reflexión más cotidiana de la vida pretérita, presente y venidera; es decir, como entrando en el Toboso a medianoche. Quizás aquí nos encontremos con el silencio de los animales, y junto a ellos sus silencios de espíritu, como dándonos una alentadora lección. Mientras de cuando en cuando se nos sonríe don Quijote, sentando cabeza para enfrentarse al mundo, también con sus silencios reflexivos, en tanto que se alisa la perilla mimosamente en sus silencios de diálogo, de expectativa, y complementándose con Sancho Panza. El silencio, que puede parecer doloroso y ser interpretado como asomando a una amable sonrisa; en la presunción de los grandes hechos acabados. Como Cervantes, que sólo nos deja sus acciones y oculta todo lo demás, tan vigentes como el bien y el mal de que nos hablara Sócrates, según el creador de las ideas, y que conscientemente es cocinado en todas las fraguas de la humanidad, con reincidencia del continuo fracaso. ¡Ea, pues, vamos tras él (tras el bajel enemigo), y hagámonos piratas del Bien!

Ramón González Medina